En marzo de 2022, Edith Lemay y Sébastien Pelletier tomaron una decisión que cambió radicalmente el rumbo de su familia en Montreal, Canadá. Junto a sus cuatro hijos —Mia, Léo, Colin y Laurent—, emprendieron un viaje alrededor del mundo sin fecha ni itinerario fijo.

La urgencia de esta aventura se debió a un diagnóstico médico que reveló que tres de los niños padecían una enfermedad hereditaria que progresivamente les quitará la visión.
El primer indicio surgió cuando la hija mayor, Mia, a los tres años comenzó a tener dificultades para ver de noche. Tras múltiples consultas, los especialistas confirmaron que tenía retinosis pigmentaria, un trastorno genético poco común que provoca la degeneración progresiva de las células de la retina.
Poco después, sus hermanos menores Colin y Laurent también fueron diagnosticados con la misma condición, mientras que Léo resultó no estar afectado. Dado que actualmente no existe tratamiento ni cura eficaz para detener el avance de esta enfermedad, los especialistas prevén que los tres hermanos perderán gran parte de su visión en la adultez.
Frente a esta realidad, la familia centró sus esfuerzos en preparar a los niños para los desafíos venideros. Durante una consulta, un especialista recomendó que los padres expusieran a los pequeños a imágenes enriquecedoras para fortalecer su memoria visual.
Inspirados por esta sugerencia, Edith y Sébastien decidieron superar los límites de lo convencional: en lugar de mostrarles imágenes en libros, optaron por llevarlos a descubrir esos lugares en persona. Tras reunir ahorros y contar con un impulso financiero inesperado gracias a la venta de participaciones en la empresa donde trabajaba Sébastien, organizaron una expedición de 12 meses por varios continentes.
El viaje comenzó en África, donde visitaron Namibia para observar de cerca jirafas, cebras y elefantes, continuando luego por Zambia y Tanzania a bordo del histórico ferrocarril Tazara. Con el paso de los meses, adaptaron su ruta para explorar Turquía, acampar en las estepas de Mongolia y recorrer los paisajes tropicales de Indonesia.
Cada destino respondía a una lista de deseos elaborada por los propios niños antes de partir, acumulando recuerdos visuales a través de amaneceres en el desierto, naufragios en la costa atlántica y la convivencia con diversas culturas.
Más allá del valor estético de los paisajes y fotografías, los padres buscaban que el viaje fuera una escuela de vida que les enseñara a adaptarse a situaciones incómodas, agotadoras o frustrantes.
Esta experiencia fortaleció el vínculo fraternal entre los niños y los ayudó a comprender gradualmente su condición mediante conversaciones abiertas. Edith y Sébastien aseguran que esta aventura no solo llenó la mente de sus hijos con las mejores imágenes posibles, sino que también les proporcionó la fortaleza emocional e independencia que necesitarán para desenvolverse en el mundo cuando su capacidad visual se reduzca de forma definitiva.
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