La eliminación del financiamiento del 93% específico para la educación técnica no es un error presupuestario aprobado para 2026 de Javier Milei: Hoy con la eliminación del Fondo Nacional para la Educación Técnico Profesional (FoNETP, creado por el Artículo 52 de la Ley 26.058); Es una definición ideológica que condena a la Argentina a vivir de rodillas, y es claramente DESINDUSTRIALIZAR el país, para que viva de limosnas de los empresarios internacionales y potencias mundiales. En pocas palabras menos trabajo formal y genuino para los Argentinos.
Cada vez que el Estado argentino decide recortar donde se forma el saber productivo, no ahorra: se descapitaliza. La educación técnica no es un gasto social más; es el sistema circulatorio del desarrollo. Sin ella, la economía queda reducida a una abstracción financiera sin músculo real, un Excel sin fábrica, un discurso libertario sin país.
La Argentina que hoy se nos propone es una nación sin técnica, sin oficios, sin ingeniería social del futuro. Un territorio abierto a la importación de todo lo que no supo —o no quiso— producir. No es casual: un país que no forma técnicos es un país que acepta ser periferia.
Durante décadas, las escuelas técnicas funcionaron como anclas territoriales del desarrollo productivo de nuestros jóvenes en el ámbito nacional empresarial. Allí donde no llegaban las grandes universidades ni los polos tecnológicos, llegaba el taller, el laboratorio, la práctica. Cada escuela técnica era un puente entre el aula y la economía real, entre el saber y el trabajo, entre el pibe y su comunidad. Romper ese puente es empujar a generaciones enteras al vacío de la informalidad o la emigración.
El fondo específico que hoy se elimina no fue un privilegio corporativo, sino una herramienta de planificación estratégica. Permitía previsibilidad, federalismo y control democrático. Suprimirlo no libera al sistema: lo somete a la discrecionalidad política y al ajuste permanente. Es reemplazar un proyecto de país por una ruleta fiscal.
Hay una metáfora que explica este momento con crudeza: un país sin educación técnica es como una usina sin turbinas. Puede tener recursos, discursos y energía potencial, pero jamás producirá potencia. Todo se disipa.
El argumento del orden fiscal es, en este caso, una coartada pobre. Ninguna nación que haya logrado desarrollo sostenido lo hizo destruyendo su base técnica. Alemania no lo hizo. Corea del Sur no lo hizo. China no lo hizo. Argentina ya probó ese camino en los noventa, y los resultados están en la memoria colectiva: desindustrialización, desempleo y dependencia estructural.
Desde una perspectiva peronista —pero también desde una lógica estrictamente racional— la educación técnica cumple una función irremplazable: democratiza el acceso al conocimiento productivo. No promete salvación individual, sino movilidad colectiva. No vende meritocracia, construye capacidad nacional.
Desfinanciarla es elegir un modelo donde el futuro se compra afuera y el presente se ajusta adentro. Es un país que renuncia a diseñarse a sí mismo.
La discusión no es educativa. Es civilizatoria. O apostamos a formar a quienes van a construir, reparar, innovar y producir, o aceptamos convertirnos en un mercado pasivo de lo que otros decidan fabricar.
Apagar los talleres hoy no es neutral. Es firmar, con tinta invisible pero duradera, un contrato de dependencia para las próximas décadas. Y esos contratos, la historia argentina ya aprendió cómo se pagan.
Por Nicolas Schamne
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